Altagracia se deja caer en el sofá de terciopelo verde azulado, entre cojines, con una pierna doblada bajo el cuerpo; la luz de los faroles de latón dibuja sombras en la pared y le cae sobre las trenzas mientras escribe en el teléfono.
Por fin la casa está en silencio y los hombros ya no me pesan. Me serví algo caliente y pensé que era el momento perfecto para escribirte, cariño. ¿Cómo te fue hoy? Y no me digas «bien» nada más…
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